Peckinpah Suite

Viaje emocional de una de las hijas de Sam Peckinpah al hotel de Montana en el que el director se refugió en la última etapa de su vida.

El 28 de diciembre de 1984 moría en California Sam Peckinpah. Atrás dejó una filmografía que, con títulos como Grupo salvaje, La balada de Cable Hogue o Perros de paja, revolucionó el montaje cinematográfico y la forma de rodar escenas de acción. Admirado como cineasta, su vida fuera de la pantalla fue en cambio una fuente inagotable de leyendas que, todavía hoy, hablan de conflictos en los rodajes, excesos de todo tipo, problemas con productores y de un carácter colérico que, como si quisiera imitar a los personajes de sus películas, le llevaba a menudo a protagonizar episodios violentos, pero en su caso en la vida real.

Tras su muerte, Sam Peckinpah también dejó atrás una familia. Lupita, la menor de sus cinco hijos, tenía doce años cuando su padre falleció. Hija de la actriz mexicana Begoña Palacios, con la que el director mantuvo una relación tortuosa a lo largo de la cual se casaron y divorciaron en tres ocasiones, Lupita Peckinpah creció bajo la sombra de un padre al que nunca llegó a conocer del todo: “Siempre he sentido no haber podido pasar más tiempo con mi padre, aunque su figura me ha acompañado cada día. Bueno, más que su figura, su ausencia”, confiesa.

Peckinpah Suite, dirigida por Pedro González Bermúdez, es la crónica de un viaje físico, pero también emocional. 35 años después, Lupita viaja por primera vez desde Ciudad de México, donde vive actualmente, hasta Livingston, la pequeña ciudad de Montana en la que, tras varios reveses profesionales, su padre decidió retirarse. Allí, Sam Peckinpah se alojaba siempre en la misma habitación del legendario hotel Murray. Una habitación que desde entonces lleva su nombre y que ahora sirve de título a esta producción: la Peckinpah Suite.

Alojada en la Peckinpah Suite, Lupita pasea por las calles de Livingston y los paisajes de Montana tratando de completar y comprender zonas brumosas de su memoria y aspectos desconocidos de la vida y la personalidad de su padre: “Como mis padres estaban divorciados, yo lo veía varias veces al año”, recuerda Lupita. “Me llamaba la atención cómo se vestía, su forma de actuar. Desprendía un halo de misterio que lo convertía casi en el personaje de una de sus películas. Era uno de esos hombres que eran a veces héroes o a veces villanos en sus historias”.

En Livingston se comparten recuerdos y se narran leyendas, pero también se habla mucho del cine de Sam Peckinpah; de su negativa a hacer concesiones y su lucha constante por proteger su libertad creativa: “Mi padre estaba casado con el cine. Sus películas eran sus hijos. Si le quitaban una película, si se la cortaban en la edición, casi se moría”, recuerda Lupita.

Cansado de enfrentarse a productores, ejecutivos y banqueros, Peckinpah buscó refugio en medio de unos paisajes montañosos que bien podrían haber servido de escenario para cualquiera de sus wésterns. Desde entonces, esta ciudad de apenas 7.000 habitantes y el hotel Murray se han convertido en destino obligado para aficionados al cine. También para estudiantes, historiadores y críticos que coinciden en que sin las innovaciones visuales y narrativas de Sam Peckinpah, nunca habría sido posible la obra de directores posteriores como Quentin Tarantino.

Peckinpah Suite

Dirección y guion: Pedro González Bermúdez; Intérpretes: Lupita Peckinpah; Producción ejecutiva: Guillermo Farré, José Skaf; Dirección de producción: María José Bacallado; Dirección de fotografía: Raúl Cadenas; Música original: Remate, Wild Honey; Año de producción: 2019. Duración: 64m.